¿Diálogo y consenso, o concesiones penosas? Roberto Gargarella

2015/11/30

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A pesar del afecto y la mutua admiración que los unía, James Madison y Thomas Jefferson tendieron a disentir en torno a cómo pensar la Constitución, el poder judicial y, en general, la organización institucional de su país. Madison, en particular, criticó a Jefferson y sobre todo a su grupo de seguidores –la rama más democrática del pensamiento político norteamericano de entonces- acusándolos de ingenuos, incapaces de entender la mecánica “real” de la vida política. En uno de sus textos más famosos (conocido hoy como El Federalista n. 51) Madison acusó a sus rivales por pensar la política teniendo en mente a seres angelicales que, como tales, actuarían movidos por la virtud cívica y sin necesidad de ser controlados por nadie. Sostuvo Madison: “si los hombres fueran ángeles (tal como nuestros rivales parecen creer) no tendría sentido trabajar para la creación de instituciones (y, en particular, para el establecimiento de controles frente al poder).” Madison fundamentó entonces –contra sus críticos- el diseño de un sistema muy estricto de controles entre poderes –lo que hoy conocemos como un sistema de “frenos y contrapesos”- que permite que las ramas Ejecutiva, Legislativa y Judicial dispongan de fuertes herramientas de control mutuo.
Desde mi punto de vista, la crítica de Madison a los jeffersonianos era por completo exagerada. Madison tomaba la versión menos generosa, más extrema, y menos defendible, de lo que decían sus críticos, para construir desde allí su propia alternativa. En otros términos, banalizaba la opinión de sus adversarios como modo de dar fuerza a la postura opuesta –la suya propia. Lo cierto es que Jefferson y su grupo no sostenían una versión “angelical” de la política, ni consideraban inútil el establecimiento de controles. Más bien lo contrario. Ellos –los demócratas- querían la creación de fuertes controles, pero bien de otro tipo: propugnaban controles al poder más democráticos y populares, originados primordialmente en la propia ciudadanía. En resumen, el debate real que estaba en juego no era el que separaba a los “ingenuos” (los jeffersonianos) de los “lúcidos” (los madisonianos), sino un debate entre dos formas diferentes de pensar los controles sobre el poder: controles externos o populares (Jefferson), o controles internos entre las elites dominantes (Madison).
Cito esta historia a la luz de un texto escrito por el lúcido analista político Andrés Malamud, y publicado en estas mismas páginas poco después de conocidos los resultados de los recientes comicios. Entre otros conceptos, Malamud sostuvo –a la Madison- que el gobierno entrante debía “relajar la moralina que contribuyó a su éxito electoral”, porque el nuevo tiempo no requería ni de “diálogo” ni de “consenso,” sino de “negociaciones y acuerdos,” que “implican tratar con los malos, y hacerles ofertas odiosas y concesiones penosas”.
Como Madison, Malamud aconseja una política para y entre demonios. Y como aquel, acusa a quienes piensan diferente de estar movidos por ideales abstractos e inútiles (una pura “moralina”, propia de ángeles) que en absoluto sirve para hacer política en la vida real. El consejo que ofrece Malamud es el mismo que tomaron por bueno los miembros de la Alianza, en su momento, cuando quisieron sobreactuar su capacidad para sobrevivir en el terreno de la política sucia. De allí que algunos miembros de la Alianza se apresuraran a “hacer ofertas odiosas y concesiones penosas” a sus rivales, tal como quedaría bien ilustrado en la política de la “Banelco” y las “coimas” en el Senado.
Muchos de los que criticamos al menemismo primero, luego a la Alianza, y al kirchnerismo después, no lo hicimos –como sugiere Malamud- imaginando un diálogo entre ángeles, un consenso bobo, un republicanismo vacío de contenido. Si hoy hablamos de la importancia de un diálogo inclusivo es porque somos conscientes de la historia política argentina, marcada por la desigualdad económica, el elitismo político y la corrupción –males que se alimentan unos a otros, y que Malamud banaliza refiriéndose celebratoriamente al valor de las “ofertas odiosas y las concesiones penosas”. Si tomamos (no como descripción de la realidad, sino como ideal regulativo) al “debate entre iguales” lo hacemos para promover una crítica radical a un sistema institucional corroído en sus bases –un entramado institucional dominado por el dinero, caracterizado por la explotación, y definido por las voces ausentes, que el sistema impiadosamente excluye. Si propiciamos que las decisiones se tomen en debates abiertos al pueblo, entonces, no es por amor a los cuentos de hadas, sino más bien por lo opuesto, esto es decir, por la conciencia del abuso, por la memoria del espanto habido. 
Roberto Gargarella
Profesor de Derecho Constitucional (UBA, UTDT)
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